El futuro se ha comido tres campos de fútbol

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Venías en bici, pedaleando, sudando y, a la vez, bebiendo del botellín para saciar la sed. Las antiguas casas de los militares te daban la bienvenida al barrio de Basurto una vez dejabas atrás la carretera vieja de Zorrotza y el Hospital.

Un giro hacia la izquierda rozando la rodilla contra el asfalto como si estuvieras encima de una moto a punto de ganar un Gran Premio y, ante ti, se presentaba esa calle con pendiente moderada que acababa visualmente en San Mamés.

Tanto las casas militares como el cuartel de Garellano daban una sensación de respeto a la calle. La fachada amarilla y degradada por el paso del tiempo no le hacia ser agradable al barrio.Armas y educación frente a frente. El colegio Basurto era un hervidero de felicidad e insensatez infantil.

Las briznas de viento despejaban los pelos de las frentes mientras te dejabas llevar en la bicicleta hasta el campo de fútbol de Garellano. Muros de piedra por fuera, tierra por dentro. Un campo histórico del fútbol español y las categorías regionales. Basurto, Indautxu, Iturrigorri o Acero compartían este templo de la pelota. Día sí y día también balones rodaban por la calle llovidos por un patadón mal dado desde el campo. El mejor día era el domingo porque solía jugar el Indautxu, por aquel entonces, anclado en una potente división Preferente del fútbol vizcaíno. Jaime y Richard eran los baluartes del club.

Ahí entraba la furgoneta con una tabla para alisar la tierra. Por la entrada lateral, una puerta de garaje junto a dos agujeros en la pared verde llamados taquillas, entraba la muchedumbre a cobijarse , en las duras mañanas de invierno, bajo la tejabana de la tribuna este.

Subirme a la acera para evitar los coches y pasar el puente para oír el ruido del ferrocarril de cercanías. Los matorrales que se amontonaban en las paredes verticales de ese agujero de railes daban de vez en cuando moras.

Otra vez se oían voces, gritos, cánticos. Era el campo de futbito de la Escuela de Ingenieros. Como un cancha de basket en medio del Bronx neoyorquino, así parecía este campo en medio de los libros. Era normal. Garellano y San Mamés eran plazas mayores. Los estudiantes se contentaban con esas pachangas, esos torneos interuniversitarios que hacían las delicias de los vecinos más ociosos.

La Catedral se alzaba orgullosa al final de esa bajada en bici. Sorteando peatones, coches y animalillos, esa mole de ladrillo y chapa blanca era la última etapa de la calle antes de chocar de bruces con el Asilo de la Misericordia y su parque un tanto tétrico.

Hoy, casi nada de esto existe, pero así se cuentan las historias de calles, de barrios, de ciudades. De dónde venimos y a dónde vamos. De lo que fue y lo que es. Phanta rei.

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